La doctores y sus factores febrero 6, 2012
Posted by andresrpe in D.F..add a comment
En la calle solitaria se escucha un leve susurro. Es el murmullo de la cadena al pasar entre la estrella y los piñones. Es mi pedaleo sobre el negro asfalto. Es lunes de puente, y la ciudad ensimismada no acaba de despertar. Cae la tarde, el cielo se encapota y recorro la Doctores. La temida, la incomprendida, la estigmatizada. No es la primera vez que entro, pero sí es la primera ocasión que lo hago con el simple propósito de observarla, de sentirla, de tratar de saber por qué la mala fama, por qué la sensación de desahucio. La primera vez fue por equivocación, cuando al salir del metro Hospital General doblé hacia el lado incorrecto. Las otras ocasiones fueron porque iba a algún otro lado; es decir, fui de paso.
Observo. Miro atento, con nuevos lentes, con los anteojos prestados de Jane Jacobs, una colonia que, a pesar de sí misma, tiene un halo de misterio. La vista, para ser sincero, es aburrida. No hay adrenalina. Son raros los transeúntes. Sí, es lunes de puente, día muerto, pero vengo del centro, de Salto del agua, de Reforma, y la gente ha salido a comprar, a pasear al perro, a caminar, a matar el tiempo. Pero en la doctores nadie viene a invertir sus horas de vida. La razón es sencilla: no hay mucho qué hacer. Llena como está de edificios gubernamentales (especialmente de tribunales), de estacionamientos para abogados frenéticos entre semana, de largas paredes sin una ventana o un comercio, es víctima de su composición espacial. Fuera de las horas hábiles de la burocracia y los despachos, la colonia se cierra en sí misma. Un par de puestos de tacos en una esquina albergan comensales locales. Una tintorería permanece abierta en el absurdo, un par de hombres arreglan un taxi sin prisa, unas cuadras adelante un grupo de jóvenes charlan frente a una frutería que desafía el asueto. Éstas son las trincheras de la vida, del bullicio; uno muy moderado. Pequeñas islas de vitalidad en un mar de cemento y hastío, que no alcanzan para atraer concurrencia alguna.
Observo los edificios, buscando pistas. Contados son los que poseen un estilo arquitectónico interesante, ya no digamos definido. El resto son casas sin mayor chiste que el de estar pintadas con colores chillantes; cuadradas, anónimas, feas. Aquí y allá, algunos edificios de departamentos nuevos se alzan aburridos. Y enormes pedazos de colonia dedicados a estacionamientos, a bodegas, a edificios abandonados. Se nota enseguida: el polvo en los candados, el grafiti omnipresente, el deterioro evidente. Basura urbana, como me dijo Arturo Ortiz Struck. Las cuadras de tamaño adecuado, la ubicación privilegiada, pero la colonia no mejora. Al otro lado de Cuauhtémoc la Roma late, y lo hace con fuerza. La vitalidad apenas contagia el final de Álvaro Obregón. Basta avanzar unos metros hacia adentro y el paisaje se torna un tanto desolador. Hasta los árboles parecen más tristes. Porque no existen las condiciones para la vitalidad. No hay incentivos para que la gente vaya. No hay cafés, casi no hay tiendas, no hay paseos arbolados. No hay diversidad suficiente de usos. Fuera de los pocos comercios que atienden a los locales y a las hordas de oficinistas en horarios muy estrechos, hay poca actividad. Porque tampoco hay la concentración, la densidad poblacional suficiente para que abrir más comercios sea rentable. Son las bodegas y los estacionamientos y los edificios abandonados los que le restan vitalidad potencial a la colonia. Lo demás, es fácil de deducir. Calles solitarias, donde hay poca vigilancia de vecinos y extraños, son calles inseguras. No importa cuán patrulladas estén. No es otra cosa que la plaga del aburrimiento, plaga misma que me hizo tomar Dr. Pasteur y salir entre funerarias folclóricas e infinidad de puestos ambulantes poco salubres al lado de Hospital General, habiendo tomado apenas unas cuantas fotos y sin haber liberado adrenalina.



