La doctores y sus factores febrero 6, 2012
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En la calle solitaria se escucha un leve susurro. Es el murmullo de la cadena al pasar entre la estrella y los piñones. Es mi pedaleo sobre el negro asfalto. Es lunes de puente, y la ciudad ensimismada no acaba de despertar. Cae la tarde, el cielo se encapota y recorro la Doctores. La temida, la incomprendida, la estigmatizada. No es la primera vez que entro, pero sí es la primera ocasión que lo hago con el simple propósito de observarla, de sentirla, de tratar de saber por qué la mala fama, por qué la sensación de desahucio. La primera vez fue por equivocación, cuando al salir del metro Hospital General doblé hacia el lado incorrecto. Las otras ocasiones fueron porque iba a algún otro lado; es decir, fui de paso.
Observo. Miro atento, con nuevos lentes, con los anteojos prestados de Jane Jacobs, una colonia que, a pesar de sí misma, tiene un halo de misterio. La vista, para ser sincero, es aburrida. No hay adrenalina. Son raros los transeúntes. Sí, es lunes de puente, día muerto, pero vengo del centro, de Salto del agua, de Reforma, y la gente ha salido a comprar, a pasear al perro, a caminar, a matar el tiempo. Pero en la doctores nadie viene a invertir sus horas de vida. La razón es sencilla: no hay mucho qué hacer. Llena como está de edificios gubernamentales (especialmente de tribunales), de estacionamientos para abogados frenéticos entre semana, de largas paredes sin una ventana o un comercio, es víctima de su composición espacial. Fuera de las horas hábiles de la burocracia y los despachos, la colonia se cierra en sí misma. Un par de puestos de tacos en una esquina albergan comensales locales. Una tintorería permanece abierta en el absurdo, un par de hombres arreglan un taxi sin prisa, unas cuadras adelante un grupo de jóvenes charlan frente a una frutería que desafía el asueto. Éstas son las trincheras de la vida, del bullicio; uno muy moderado. Pequeñas islas de vitalidad en un mar de cemento y hastío, que no alcanzan para atraer concurrencia alguna.
Observo los edificios, buscando pistas. Contados son los que poseen un estilo arquitectónico interesante, ya no digamos definido. El resto son casas sin mayor chiste que el de estar pintadas con colores chillantes; cuadradas, anónimas, feas. Aquí y allá, algunos edificios de departamentos nuevos se alzan aburridos. Y enormes pedazos de colonia dedicados a estacionamientos, a bodegas, a edificios abandonados. Se nota enseguida: el polvo en los candados, el grafiti omnipresente, el deterioro evidente. Basura urbana, como me dijo Arturo Ortiz Struck. Las cuadras de tamaño adecuado, la ubicación privilegiada, pero la colonia no mejora. Al otro lado de Cuauhtémoc la Roma late, y lo hace con fuerza. La vitalidad apenas contagia el final de Álvaro Obregón. Basta avanzar unos metros hacia adentro y el paisaje se torna un tanto desolador. Hasta los árboles parecen más tristes. Porque no existen las condiciones para la vitalidad. No hay incentivos para que la gente vaya. No hay cafés, casi no hay tiendas, no hay paseos arbolados. No hay diversidad suficiente de usos. Fuera de los pocos comercios que atienden a los locales y a las hordas de oficinistas en horarios muy estrechos, hay poca actividad. Porque tampoco hay la concentración, la densidad poblacional suficiente para que abrir más comercios sea rentable. Son las bodegas y los estacionamientos y los edificios abandonados los que le restan vitalidad potencial a la colonia. Lo demás, es fácil de deducir. Calles solitarias, donde hay poca vigilancia de vecinos y extraños, son calles inseguras. No importa cuán patrulladas estén. No es otra cosa que la plaga del aburrimiento, plaga misma que me hizo tomar Dr. Pasteur y salir entre funerarias folclóricas e infinidad de puestos ambulantes poco salubres al lado de Hospital General, habiendo tomado apenas unas cuantas fotos y sin haber liberado adrenalina.
Esquinas y ciclovías enero 14, 2012
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Andar en bici, en ciudades como el DF, puede ser un reto. Se requiere algo de confianza, un tanto de colmillo y ganas. Las recompensas son muchas; en términos de salud, de disfrutar la ciudad, de reducir el tráfico y la contaminación.
La red de ciclovías en el DF es limitada. El impulso de agrandarlas está; la cosa es materializarlo. Pero a la hora de construirlas es importante hacer uso de los diseños más funcionales y seguros disponibles. En ese sentido es importante una buena planeación. Aqui un detalle.
Reseña: The Smart Growth Manual diciembre 11, 2011
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La ciudad, ente vivo, crece, se reproduce, puede entrar en decadencia e incluso morir. El crecimiento puede ser caótico o planeado, estúpido y a la buena de Dios, o inteligente, consciente de los múltiples factores que permiten tener metrópolis más seguras, más transitables, más sustentables y, sobre todo, que ofrezcan mejor calidad de vida a sus habitantes. Neófito como soy en temas de urbanismo, advierto al amable lector que la presente reseña podrá pecar un poco de ignorancia, pero intentaré compensarla con honestidad y sentido común.
Andres Duany, Jeff Speck y Mike Lydon se proponen ofrecer un recursos para asesorar a todo aquel que tenga la intención de poner el “crecimiento inteligente” en práctica. Sistemáticos y concisos, abordan una gran cantidad de temas, limitándose a los argumentos centrales y las recomendaciones o especificaciones esenciales. Dejan bien en claro que por cada punto que abordan hay una extensa literatura que aborda los pros y contras. Sin embargo, afirman que lo que han condensado en las páginas de este libro son puntos en los que hay extendido consenso entre los especialistas. Lo que se extraña es una bibliografía que permita al lector acceder a tales discusiones, o investigar con mayor profundidad algún tema en específico.
Además de la introducción y el apéndice, el libro se divide en cuatro grandes partes, cada una de las cuales impacta, a su nivel, el crecimiento urbano: la región, el vecindario, la calle y el edificio. De mayor a menor escala, la planeación de cada uno puede favorecer mejores ciudades. En el caso de la región es fundamental el argumento de que el crecimiento debe de planearse a nivel regional. La visión del municipio, de la ciudad en sí, puede ser demasiado estrecha. Entender todo lo que rodea el asentamiento de la ciudad, es esencial para su supervivencia. Como un ser vivo, requiere de abastecimiento de agua y comida cercanas. Para ello, se requiere la participación activa de un nivel superior de gobierno (el estatal, e incluso el nacional en casos como de ríos que trascienden las fronteras estatales). Una ciudad no se puede concebir sin sus poblaciones aledañas. Un sistema de transporte más eficiente es aquel que está pensado a nivel regional.
El apartado del vecindario es muy interesante. Los autores son enfáticos en el absurdo de los suburbios. Grandes vecindarios, de calles cerradas, homogéneos socioeconómicamente y con uso de suelo exclusivamente habitacional, provocan muchos de los problemas de las ciudades actuales (especialmente en Estados Unidos). Promueven el uso del carro, lo que lleva a mayor tráfico en horas pico, dificulta la convivencia social y evita que haya vida en las calles. Lo que plantean son vecindarios de uso mixto (habitacionales y comerciales), relativamente autosuficientes (con escuela, comercios y oficinas suficientes para las necesidades básicas de sus habitantes). La idea es reducir los traslados, e incentivar que sean a pie o en bicicleta, reduciendo así la carga vehicular, el tráfico, y propiciando una mayor actividad en las calles, lo que deriva en mayor seguridad, integración e incluso identidad a nivel vecindario.
En el caso de las calles los autores prestan atención a diversos detalles que mejoran la vida urbana. Se debe entender como una red, en la que haya calles de mayor y menor tráfico, de un sentido o dos, según su función. Ninguna calle es una isla. Sin embargo, se nota el énfasis en que las calles dentro del vecindario deben promover que la gente camine. Reducir la velocidad del tráfico es fundamental; ello aumenta la seguridad. Algunos métodos es evitar calles que jamás topen con pared, reducir los carriles, evitar calles de un sentido e incluso utilizar cruces complejos o con geometrías irregulares (todo lo anterior hace que los conductores tengan que tener mayor precaución). Abordan muchos otros detalles, como el tipo de alumbrado, el acercar los edificios a la banqueta, tener árboles que provean sombra y den sentido de refugio, entre otros. Dedican bastante atención al tema del estacionamiento. Un argumento fundamental es mostrar a los conductores el verdadero costo del estacionamiento, favoreciendo así mejores decisiones en cuanto al tipo de transporte.
El último apartado, el del edificio, señalan cómo el tipo de edificio depende y tiene que funcionar con el ambiente que lo rodea. Muestran las ventajas, en zonas urbanas, de edificios de uso doble (comercial y habitacional), que permitan suficiente densidad (de tres a siete pisos), sin caer en los extremos de los rascacielos o los grandes complejos habitacionales que al concentrar mucho desarrollo en un solo lote pueden tener efectos nocivos en la zona en que se insertan. Apuntan también a una revaloración de la arquitectura regional, con materiales propios de la zona, con iluminación y calefacción naturales, y con diseños que apelen a las tradiciones del lugar. No hay diseño estándar. La planeación debe hacerse con base en las condiciones del lugar. Por ejemplo, recomiendan el uso de la flora local en los jardines (especialmente en zonas secas). También defienden el valor de los edificios históricos y públicos, promoviendo más la renovación que la demolición y posterior construcción desde los cimientos.
The Smart Growth Manual tiene la ventaja de ser un libro accesible, condensado, sobre crecimiento y planeación urbanos, en sus diversos niveles. Abarca múltiples temas que, por separado, pueden tener un impacto en propiciar mejores ciudades. Sin embargo, pervive la impresión de que el “crecimiento inteligente” es algo más que la suma de sus partes. Para tener mejores ciudades se deben tomar en cuenta todos los factores de su desarrollo y renovación. Este libro es un paso en dicha dirección, y deja con ganas de aprender más.
Mobile, AL diciembre 9, 2011
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Alabama, a pesar de todo, tiene un rincón bonito. Se llama Mobile. En la costa del Golfo de México, de brumas y siestas prolongadas, mantiene en las calles de su centro algunas casas estilo criollo. A dos horas y media de Nueva Orleans, mantiene su identidad sureña, pero tiene el toque de puerto, de desenfreno en Mardi Gras, de carnaval agazapado tras sonrisas afables. Con parques tranquilos, faroles como sacados de película del siglo pasado, y una vida cultural considerable (dado su tamaño), ofrece más al viajero que la modernidad de Birmingham, por ejemplo.
Bien iluminada de noche.
Es una buena señal el que edificios antiguos permanezcan en uso.
The Church (it´s a bar) diciembre 4, 2011
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Bar herético, bar irreverente, bar con mesa de ping-pong, bar para no tomarse muy en serio (mochilones, persignados y damas de la vela perpetua, favor de abstenerse). Situado en la que según la revista Creative Loafing es la esquina más divertida del sur (Boulevar y Edgewood) ofrece, de entrada, una barra con buena concurrencia y tragos coquetos a precios accesibles. El diablo está en los detalles, y de ellos está lleno el lugar. No hay rincón del lugar que no esté decorado con pinturas, esculturas o letreros referentes a la religión, con algunas licencias. Como botón de muestra, un clásico cuadro de la última cena, con unos diálogos superpuestos, en los que, entre otros, se lee a un Jesús diciendo: “hagan lo que quieran, al final yo voy a pagar por todos ustedes”.
El piso de abajo da la impresión de un bar normal. Sí, lo cuadros; sí, la concurrencia es bastante heterogénea y con un rango amplio de edades y formas de vestir, pero nada más (bueno, podrían agregarse las dos efigies iluminadas de José y María en una de las pequeñas barras que dan a la ventana). Arriba es donde The Church se vuelve entrañable. Tan pronto terminan los escalones, un San Francisco rosa (paloma incluida) recibe afable a la concurrencia. El contexto cambia, y parece más una de esas fiestas caseras en las que casi todo mundo es un colado. El ambiente es de lo más relajado; hay una mesa de ping-pong en la que las “retas” se apuntan civilizadamente en un pizarrón desgastado, una sala de cuero rojo rodea una mesita rectangular, sillas y mesas por aquí y por allá, muchos trofeos de boliche y tenis, y un par de niños de plástico en pose de cantar villancicos completan la escena.
Después de la primera cerveza, como suele ocurrir a menudo, todo parece más amigable. Es entonces cuando puede uno aprovechar mejor una de las ventajas del lugar: colgadas en sus ganchos, un grupo de túnicas como de coro de góspel están listas para todos aquellos dispuestos a ponérselas. No hay mayor trámite que el descolgarlas, colocarlas sobre la propia ropa, y asumir el rol. O no. Pero es divertido que de pronto parece que el coro de alguna de las iglesias circundantes (es impresionante la cantidad de congregaciones que hay en el distrito de Edgewood) se descolgó y vino a hacer las libaciones pertinentes, ya sin la presión del padre que levanta cejas cada vez que no alcanzan el tono en la última estrofa de “Jesus is inside of me”.
Sea como fuere, “haiga sido como haiga sido”, The Church es un buen lugar para pasar una noche de viernes o sábado, para olvidarse un poco del puritanismo sureño, reírse un rato, y cómo no, echarse unas frías, con el beneplácito de Jesús (mi cuate).
viernes negro noviembre 25, 2011
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Los dados estaban echados; la tarjeta condenada. Habríamos de sucumbir a los caprichos consumistas. La ocasión: viernes de ofertas, viernes negro, viernes posterior a acción de gracias. No hubo pavo, ni una cena ceremoniosa en una casa arreglada como de catálogo. Hubo pollo, para llenar la tripa y salir del cubil como cebollas, cubiertos por múltiples capas de ropa. El frío había arreciado; ya estaba a menos de ocho grados centígrados cuando esperábamos el autobús.
Llegamos a la tienda en cuestión. El Best Buy más próximo. La fila ya era considerable; alrededor de 250 personas estaban antes de nosotros, algunos con mantas, otros con sillas, unos más en franco pic-nic, disfrutando la noche diáfana; esperando. Ahí nos encontramos con unos amigos. En grupo más grande la espera se hizo menos tediosa. La fila avanzaba poco, se compactaba, gente se acercaba a ofrecer café (a venderlo, por supuesto), los empleados salían a repartir propaganda, decían cuánto les quedaba de qué cosa, respondían a los clientes prospectivos, nerviosos.
Llegó la medianoche. La hora en que a cenicienta ya no le importa dejar al príncipe con un zapato, al fin que puede comprar otros tantos en rebaja. Se abrieron las puertas; ya era viernes negro. La entrada fue ordenada (nadie quiere morir en una estampida humana en busca de una televisión barata, tomando en cuenta que sucesos de ese tipo no carecen de antecedente). Por fin nos tocó entrar. Corrimos. No tanto porque fuera necesario; fue más por sentir la adrenalina propia del “shoppaholic”, por calentar los músculos entumecidos por el frío y la espera.
Conseguimos lo que buscábamos (mi objetivo no era de los llamados “doorbusters”, los productos en megadescuento). Pagamos. La caja colapsó en el primer intento. Ya reiniciada fue capaz de procesar las transacciones. La fila se había nutrido; la señorita comenzaba a estresarse (y pensar que aquello apenas comenzaba), las miradas de impaciencia se multiplicaban. Una hora nos llevó darle el primer baje a la cuenta. Pero ya tenía juguete nuevo.
Regresamos a la casa en coche sardina. Dejamos las cosas. Dormimos una siesta (sólo así se puede catalogar una “pestañita” de 2 horas). Porque tras ese lapso estaríamos de nuevo en camino a los artificiales y siempre fatuos paraísos consumistas. Llegamos a las cuatro; teníamos entendido que a esa hora abría el “mall”. Habíamos entendido mal; estaba abierto desde medianoche; algunas tiendas abrían a las cuatro. En todo caso la cargada fue ordenada. Atacamos, como equipo bien ordenado que somos, las tiendas a las que les habíamos echado el ojo. Algunas fueron un fraude; otras cumplieron; unas más, una ganga inesperada. Se nos fueron más de dos horas entre filas, deslices de tarjeta y asiáticos comprando como si no hubiera un mañana (nos pasó que el chico frente a nosotros en la fila adquirió el doble de ropa que lo de nosotros tres juntos). Era curioso ver tanta gente, tan temprano, ingiriendo café para ir a cazar la siguiente oferta, para recolectar los descuentos más tentadores; aun más curioso era ser parte de esa masa absurda.
Regresamos a la casa a las 8 (cortesía del tiempo de espera y traslado del fabuloso sistema de transporte público – nótese el sarcasmo en fabuloso). El simulacro de una navidad como cuando niños. Nos sentamos en la sala a abrir las cajas, a probarnos las cosas, a ver cómo diablos funcionaba la cámara por la que nos habíamos formado dos horas en el frío. También un poco como vampiros desahuciados, con el horario tergiversado y esa extraña sensación que bien podría recibir el apelativo de “cruda de sueño”.
La cama me llamó eventualmente pero, señora esquiva, no me dejó reposar en ella todo lo que hubiese deseado. Dando vueltas con el ojo pelón y la luz entrando a borbotones por la ventana a las once de la mañana, opté por levantarme. Estando mis “roomies” en el quinto sueño y la casa sepultada en el más absoluto de los silencios, opté por salir. Dos excusas: probar la cámara en exteriores e ir a buscar los tenis que no había conseguido horas antes. Tomé el autobús (no me pareció sensato tomar la bicicleta en mi estado de duermevela abortada). La fiebre consumista había aminorado, pero aun así el estacionamiento de las tiendas estaba casi lleno. Estuve husmeando en diferentes comercios hasta que los vi: precio razonable, cómodos; listos para reemplazar a los que apenas unas semanas atrás se habían roto.
Afuera de la tienda, una señora vendía sándwiches de pollo. Compré uno y fui al parque más cercano a devorarlo. Tomé algunas fotos, leí un rato; esperé a que fuera la hora de ir al metro (mejor esperar entre árboles que en un andén gris). En el camino a casa todavía se me atravesaron dos tiendas: la farmacia (para comprar algún remedio para esta tos de perro que se niega a dejarme ir) y el súper (entre tanta compradera se nos había acabado la leche y la fruta). Llegué a casa a dormir; mi cuerpo lo reclamaba. Cuando desperté (el cuarto oscuro, la atmósfera fría) me pareció que podía ser cualquier hora. Por suerte no era la madrugada (si no, no podría conciliar el sueño que tanta falta me hace normalizar). Era, más o menos, la hora en que cierran las tiendas, en la que esos grandes y no tan grandes descuentos desaparecen para dar paso a los precios de los regalos de navidad. Mi tarjeta dio un suspiro; la jornada había terminado. Ahora sabía lo que es vivir un viernes negro.
Hacerle a eso del senderismo octubre 30, 2011
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Desperté temprano; sabía que había que estar listo. Habíamos quedado de llegar a casa de Iris; hasta Marietta. Hacía frío; el invierno se infiltra poco a poco. Metí a la mochila lo que se me hizo más sensato, contando con que tenía la despensa casi vacía: tres barritas de granola, una botella de agua, un paquete de atún, una cuchara y la gorra que me regalaron hace un mes en una feria. No tenía muy bien idea del plan del día. Sólo sabía que había que salir temprano porque el lugar quedaba lejos y que íbamos a hacer hiking. Era “mi primera vez”.
Llegó Geno. Se presentó. Me puso un casco entre las manos y dijo: este es para ti. Me coloqué el casco, acomodé la bufanda para evitar que entrara el aire y me subí a la moto. Cruzamos Buckhead, fuimos más allá del anillo periférico (la 285, que oficialmente marca que has salido de Atlanta), y llegamos a Marietta. Nos perdimos un poco pero por fin dimos con la cerrada. El sol elevaba la temperatura. Para cuando descendimos de la moto el clima era mucho más agradable.
Poco después ya estábamos en camino. Nos dirigimos por la 75 hacia el norte, alrededor de una hora. Eventualmente tomamos una carretera más pequeña. Cruzamos un par de pueblitos sureños, rebasamos a un grupo de motociclistas, pasamos algunas curvas, nos detuvimos en una gasolinera por algo de comida y, dos horas y 55 minutos después de salir de casa de Iris, estábamos en la entrada del parque: Cloudland Canyon. Pedimos información en la oficina, pasé al baño, tomamos un mapa y nos dirigimos al sendero que habíamos escogido.
Poco más de 5 millas. Calificado como “intermedio”. Tiempo estimado: 2 horas. El paseo fue sumamente agradable: las hojas de los árboles que se incendian (en sentido figurado) con el aire fresco de otoño, el cañón con su tímido río, las azules montañas (los Apalaches) en la lejanía, las hojas crujiendo a cada paso. Encontramos algunas familias en el camino. Una pareja de orientales nos hizo el favor de tomar la foto del recuerdito. La plática fue amena, intercambiando anécdotas. Para cuando regresamos al coche ninguno estaba cansado, ni hambriento. Un buen día.
Básicamente ésa fue mi primera experiencia oficial de senderismo. Pero no es la primera vez que camino en un bosque. De hecho, recuerdo caminatas mucho más complicadas y extenuantes en la sierra de Zongolica, por poner un ejemplo. Pero eso no era hiking, era caminar por la pura necesidad de ir de una casa a otra, en medio de la selva, siempre “tras lomita”. Es curioso; muchas personas, en esas comunidades apartadas, tienen que realizar de forma cotidiana largas caminatas para llegar a la escuela, a la iglesia, a la “miscelánea”. Pero ellos no son parte del senderismo, porque van en huaraches, porque van con la ropa del día, incluso con el niño a cuestas, envuelto en el rebozo. Ellos no llevan mochilas ergonómicas, ni chamarras con tela de alta tecnología, ni lentes oscuros, ni zapatos especiales. No cuentan los kilómetros, no clasifican la dificultad del recorrido (eso sí, se saben el tiempo que lleva ir del punto A al B); por lo tanto, no son parte de la cultura del senderismo. Y es curioso que en el país vecino uno tenga que manejar dos horas de ida y las mismas de regreso para llegar a un pedazo específico de bosque, ya marcado y con las consecuentes medidas de seguridad, para realizar senderismo. Es curioso que baste una conceptualización para volver una actividad que podría ser cotidiana, en un deporte (y toda la industria alrededor del mismo). No es caminar en el bosque; es senderismo (hiking).
Ni modo, algunos caminan en el bosque, otros hacen senderismo; en todo caso todos disfrutan de la naturaleza.
de dos ruedas y suburbios octubre 16, 2011
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Atlanta no es una ciudad pensada para ciclistas. A pesar de los esfuerzos de la coalición de ciclistas y de su programa para crear carriles exclusivos y compartir la calle, es difícil moverse en la ciudad sin un coche. Las colinas, las largas esperas para abordar un autobús, los carriles reducidos, la carencia de banquetas en muchos de los suburbios, hacen que sin un automóvil uno esté, valga la exageración, aislado.
Lo interesante es que Atlanta no es un caso atípico. Es una ciudad excepcionalmente arbolada, pero en clara sintonía con el fenómeno de la suburbanización. El sueño americano de la casa grande, de dos techos, con el gran jardín, en el vecindario de casas similares, ha hecho que la ciudades se expandan sin cesar. Las zonas metropolitanas abarcan kilómetros y kilómetros, dejando como principal acceso las grandes autopistas. Fuera de ellas las calles son intrincadas, el alumbrado es en algunas partes deficiente y se dan muchas vueltas.
Las distancias imponen, sobre todo al principio. Ir al supermercado en bicicleta, en mis primeras semanas, tenía algo de tediosa aventura (tediosa por el espectáculo de acomodar el galón de leche con una bolsa en el manubrio). Pero los horizontes se fueron expandiendo. Uno descubre calles más tranquilas, más amplias, más iluminadas, que llevan a cafés, bares y a la civilización. No tengo nada contra el sueño americano, pero me parecen francamente aburridos los suburbios. No por nada las zonas de la ciudad que han adquirido más vida en los últimos años son las que están aún unidas a la ciudad. Little Five Points, Edgewood, East Atlanta, Cabbagetown, son barrios con identidad, donde curiosamente se llevan a cabo la mayoría de los festivales de otoño y donde se ve una mayor cantidad de ciclistas.
En Estados Unidos la bicicleta no está pensada como medio de transporte, sino como medio recreativo. Los domingos se ve gente de todas las edades montada en sus bicicletas perfectas, aerodinámicas, equipadas con toda la parafernalia ciclista (reflectores, velocímetro, ropa especializada, etcétera). Un deporte, nada más, piensan. Pero es en las zonas mencionadas arriba donde se comienza notar un cambio. Se ve otro tipo de ciclistas: gente joven sobre bicicletas menos especializadas, incluso desgastadas, en ropa de diario, sin lentes ni casco. Porque la bicicleta no es el juguete caro para sacar los domingos; es el medio de transporte. Se les ve con mochilas para llevar sus cosas, preparados en el mejor de los casos para el chaparrón repentino, a veces sobre las banquetas, a veces sobre la calle (es mejor ir por la calle; de hecho, en teoría es contra la ley de tránsito de Atlanta que un adulto ande en bicicleta sobre la banqueta), yendo a trabajar, a casa, a una cita casual. Son esos que con cada pedaleada le cambian un poco la cara a la ciudad. Son los que encuentran estacionamiento en cualquier poste. Son los que invierten en cualquier otra cosa lo que se les iría en gasolina. Son lo que poco a poco (tal vez demasiado lento) van deconstruyendo el mito de los suburbios y su perfección. Son los que pueden hacer que eventualmente Atlanta sea una ciudad pensada también para ciclistas.
Introducción no solicitada después de una pausa octubre 2, 2011
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Cambiar de código postal es siempre una aventura. Nueva gente, nuevas calles, nuevas formas de hacer las cosas. Y claro, no hay duda de que hay lugares más interesantes que otros. Pero siempre hay algo por descubrir, algo qué ver. Cabría decir que toda ciudad es infinita, a su manera. Porque el infinito cabe del cero al cien como del cero al uno. Son diferentes tipos de infinito. Me llevó un tiempo descubrirlo.
Al principio Atlanta me parecía un pueblote conservador (tal impresión regresa de vez en vez, especialmente los domingos). Extendida, llena de suburbios, de árboles que se caen con la primera tormenta veraniega, y con un sistema de transporte para el que se requiere paciencia proverbial o saberse los horarios de los autobuses que corren más o menos cada 45 minutos (google maps puede hacer la chamba), la ciudad es poco amigable para quien no tiene un automóvil. Tal incomunicación puede ser un reto, pero eventualmente se le encuentra remedio. Eventualmente uno aprende a venirse en MARTA (Metropolitan Atlanta Rapid Transit Authority) o en bicicleta (si se tiene la voluntad de usar calles que no están pensadas para este vehículo y de subir y bajar las múltiples colinas que componen el paisaje del norte de Georgia).
Están las atracciones turísticas (World of Coca Cola, CNN Center, Georgia Aquarium, entre otros). Pero dan apenas para un fin de semana largo. Al final no es nada excepcional (el recorrido por CNN es francamente mediocre): la versión hiper-endulzada, muy a la estadounidense, de un recorrido para ver peces de diversos ecosistemas o la historia de una compañía trasnacional que vende un producto que muy rara vez consumo. En todo caso, he de confesar, que fue una de las primeras cosas que recorrí estando acá. Porque enfundarse en el buzo de turista permite sobrellevar las semanas de una forma más amena. Algo así como “turistear para mantenerse vivo”. Explorar una ciudad es tomar oxígeno para seguir.
Una vez recorridos los “atractivos turísticos”, incluido el museo de arte (el HIGH, que no es malo en lo que a arte estadounidense se refiere), queda un vacío, un “¿y ahora qué?”. Porque me rehúso a malgastar mis fines de semana ejercitándome en el deporte nacional: ir de compras. Además de que mi salario no da para hacer tales excursiones cada fin de semana, me parece una pérdida de tiempo.
Fue en internet. Tiene algo de cierto eso de que “si no está en la red no existe”. Por twitter, por google o por pura suerte, fui encontrando páginas, blogs, anuncios de cosas qué hacer. Lo que estaba buscando. Y fue ahí que esta ciudad sureña reveló una cara totalmente distinta. Se acabaron los fines de semana de ir al Loca Luna o al Cosmo-Lava a ver gente intentando ligar (y, las más de las veces, fallar miserablemente). Primero fue el East Atlanta Strut. Luego buscar rodadas (y acabar, después de varios intentos fallidos, en la masa crítica). En el inter se incluyeron clases de swing. Y lo que venga después. Espero que el frío del invierno no nos obligue a recluirnos; o no lo haga pronto. En todo caso, a su manera, esta ciudad sureña tiene algo de infinito. Y vale la pena relatarlo.
I<3DF julio 7, 2011
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No es fácil despedirse de una ciudad. Nunca lo es. Aunque sea por unos meses.
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Breve reseña: Y retiemble en sus centros la tierra, de Gonzalo Celorio julio 3, 2011
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Ni mandada a hacer. El itinerario de Juan Manuel Barrientos, a través de cantinas, tugurios y sitios históricos del centro, es una invitación, una provocación a recorrer de otra forma la ciudad infinita. Novela corta, publicada por primera vez en mayo de 1999, “Y retiemble en sus centros la tierra” es un viaje a las profundidades del primer cuadro de la ciudad, al submundo de las cantinas, a los recuerdos y tormentos del personaje principal, un catedrático de letras, solitario y afecto al alcohol.
La trama es sencilla. El doctor Barrientos, aún crudo, llega al centro, donde ha quedado de realizar un recorrido por algunos de sus lugares emblemáticos con sus alumnos. Ellos no llegan. Decide hacerlo de cualquier forma. Y es así que en 14 capítulos, Gonzalo Celorio describe, con pluma ágil aunque en momentos rebuscada, el itinerario, que se vuelve un Viacrucis. Las referencias son múltiples e interesantes: las dos caídas, los dos ladrones, la destrucción (imaginaria) del templo, los discípulos que abandonan al maestro, el destino inexorable.
Cargada de referencias históricas, arquitectónicas, literarias e incluso religiosas, esta novela aporta a la (in)comprensión de lo que es ser mexicano ahora, con sus contradicciones, con sus anhelos y con la fiel compañía de los alcoholes (podría llegar a parecer que lo que ingiere Juan Manuel Barrientos a lo largo del día es demasiado). Pero, a pesar de estar claramente situada histórica y espacialmente, logra ir más allá de su especificidad al adentrarse en el sufrimiento, en los recuerdos, en los pantanos de la desesperanza, territorio común de muchos individuos en distintas latitudes.
“Y retiemble en sus centros en la tierra” es un pequeño descubrimiento. Pero de poco serviría el libro si el lector no se animara (solo o acompañado) a recorrer al menos algunos de los recintos por los que pasa el doctor Barrientos. El Salón Luz, La Ópera, La Puerta del Sol, La Casa de la Sirenas, La Potosina esperan. Cada quién decidirá si se anima a sacar a pasear sus penas; el itinerario ya está marcado.
BA snapshots junio 6, 2011
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Algunos lugares memorables de Buenos Aires
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¡Andáte, Navarro! junio 2, 2011
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Curso intensivo de argentinidad, también pudo haberse intitulado. Porque aun habiendo ido a partidos de fútbol en otras latitudes y después de estar algunos meses en Buenos Aires, la cosa no dejó de sorprenderme. Y es que hay algo especial en el fútbol argentino. No son compañías al estilo norteamericano o europeo. Hay arraigo de barrio, hay asociacionismo (lo cual va en perfecta sintonía con la idea de clubes pequeños pero choca cuando adquieren las magnitudes de un Boca o un River). Hay una pasión especial.
Ahí estábamos. Villa General Mitre. Caminamos por avenida Álvarez Jonte. Se comenzaban a escuchar los gritos, las porras, el clamor que parecía fuera de lugar en una tarde de domingo otoñal. En Bocaya se levantaba el estadio. Nada de colosos, nada de megalomanías, salvo por el nombre: Diego Armando Maradona. Era la casa de Argentinos Jrs. Los bichitos. Un equipo pequeño, de tradición en el barrio. Conseguimos entradas. 50 pesos para visitantes en la popular. Es decir, en la plena acción. Ingresamos al recinto. La cancha estaba separada de las gradas por una reja. Nada más. Más cerca no se podía ver. Faltaban diez minutos. La gente se terminaba de acomodar. Los equipos salieron. Porras, abucheos. Atrás de nosotros, en la tribuna, un grupo de viejos. Del lado contrario de la cancha, los seguidores del Boca. La 12. Estruendo, grito, tambores, vientos, voces, banderas. Empezó el encuentro.
En el tercer minuto un error de la defensa local dio la oportunidad a un Boca que, de la mano de Palermo, convirtió el primer tanto. Goooooooooooooooool. Los hinchas del rival ensordecieron el estadio. Alrededor, los aficionados maldecían. Tras la salida del balón de la media cancha el partido no mejoró para los bichitos. El mediocampo no existía; la defensa se veía asediada y la delantera no lograba retener el esférico lo suficiente para generar peligro. Los ánimos de los aficionados se encendieron. Comenzaron las groserías, algunas de las cuales, he de confesar, no conocía. Sos un pelotudo. Ese tira pura garcha. ¡Andáte Navarro (Navarro era el portero local, cuyos errores habían contribuido en buena medida al resultado parcial adverso)! Hijo de las mil puta (sic). Partílo en dos, dale en la concha de su hermana. Falta fuera del área. La concha de la lora. A Balón parado llega el segundo gol de Boca. La 12 se vuelve loca. las puteadas continúan. Llega el medio tiempo. Sale el equipo local. La tribuna aplaude. Los viejos comentan: y toda la gilada le aplaude. Todo mal.
El segundo tiempo fue una serie de imprecisiones que no cambiaron en lo absoluto el resultado final. 0-2. Al final, sólo hubo un equipo en la cancha. Lástima que no fue Argentinos Jrs. Silbatazo final. La policía trata de evacuar a la porra visitante. Les lleva tiempo. El festejo sigue todavía durante un cuarto de hora. Una vez que se ha ido el último transcurren cuarenta minutos de espera para que los aficionados del club local puedan desalojar el estadio. Cuestión de prevención. Nadie quiere una batalla campal entre barras rivales. No hay mucho que ver en el estadio. Un pequeño puesto donde venden panchos, gaseosa y hamburguesas y una pequeña tienda. Lo bueno es que durante el partido no hubo vendedores que pasaban, estorbando la vista, ofreciendo cervezas, papitas, charritos, sopa, donas o cueritos, como ocurre en C.U.
Bicicleta en venta mayo 31, 2011
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Festival Buenos Aires Polo Circo mayo 9, 2011
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La locación no es la mejor: irse a meter a Constitución en la noche no es precisamente lo más seguro. Pero no conozco otro predio así de grande y vacío. Por suerte el colectivo 84, que tomé en la esquina de mi casa, me dejó también en la esquina de mi destino: Combate de los Pozos y Juan de Garay. En la entrada, claramente marcada con luces de colores, estaban las boleterías. Sin embargo, yo iba al espectáculo que era gratis. Me indicaron que pasara a la carpa de recepción, que ahí se haría la fila para entrar. En esta carpa había dos pequeños escenarios. Uno, cuadrado, con instrumentos musicales. El otro, en contraesquina, era circular y estaba delimitado por una línea de luz. Había algunas mesas y en la esquina un bar / cafetería con lo básico para no morir de hambre o de sed. Eventualmente se instaló una banda de jazz. Minutos después, en el escenario circular, un grupo de artistas circenses montó un espectáculo sencillo pero bastante entretenido, lo cual fue excelente para hacer corta la espera.
Por fin se hizo la fila. Entramos con veinte minutos de retraso a la carpa señalada. Y ahí fue donde estuvo el espectáculo en serio. Tiempos que corren, así se llamaba. Fue excelente. La combinación de acrobacias, malabares, sketches, música y colores hizo que la hora y media que duró se pasara volando. Toda proporción guardada, tenía muchos puntos de comparación con cualquier show del Cirque du Soleil. Claro, con la diferencia, enorme, de que éste fue gratis.






















































